En pocas décadas, la respuesta al VIH cambió radicalmente. Los tratamientos antirretrovirales transformaron una infección asociada a una alta mortalidad en una condición crónica que hoy puede tratarse eficazmente. A ello se sumó una evidencia decisiva: las personas que mantienen una carga viral indetectable no transmiten sexualmente el VIH. Sin embargo, estos avances no han tenido la misma expresión en la prevención. Las nuevas infecciones siguen ocurriendo y obligan a preguntarnos cómo ampliar y diversificar las herramientas disponibles para prevenir la adquisición del virus.
En Chile, esta discusión es especialmente pertinente. Durante 2024 se confirmaron 4.327 nuevos diagnósticos de VIH, la cifra más baja desde 2015. Es una señal positiva, pero insuficiente para considerar superado el problema. El VIH continúa siendo un desafío relevante de salud pública y afecta de manera desproporcionada a determinadas poblaciones.
Reducir de manera sustantiva la incidencia exige ampliar la mirada. El diagnóstico oportuno, el tratamiento antirretroviral, el uso de preservativos y la profilaxis preexposición (PrEP) oral siguen siendo pilares fundamentales, pero la prevención combinada debe avanzar hacia una oferta más diversa y capaz de adaptarse a las necesidades y condiciones de vida de las personas.
La PrEP: aumentar cobertura y opciones
Chile incorporó la PrEP a la respuesta pública en 2019. Actualmente, el Ministerio de Salud la ofrece a personas mayores de 18 años beneficiarias de FONASA o PRAIS que cumplen determinados criterios de acceso. La alternativa disponible se basa principalmente en Tenofovir/emtricitabina por vía oral.
Su incorporación constituyó un avance sanitario importante. Cuando se utiliza con una adherencia adecuada, la PrEP oral alcanza una elevada eficacia. El desafío está en conseguir que esa eficacia se traduzca en impacto poblacional. Para ello se necesita aumentar su cobertura y asegurar que las personas puedan mantenerla durante los períodos en que existe exposición al VIH.
Tomar un comprimido diariamente funciona bien para muchas personas, pero no necesariamente para todas. Horarios laborales, movilidad, falta de privacidad, estigma o dificultades para mantener un vínculo frecuente con los servicios de salud pueden afectar la adherencia. El reto, por tanto, no consiste únicamente en demostrar que la PrEP funciona, sino en conseguir que funcione en la vida real y a una escala suficiente para generar impacto epidemiológico.
Una nueva generación de tecnologías preventivas
La innovación farmacológica está cambiando este escenario. En 2022, la Organización Mundial de la Salud recomendó el Cabotegravir inyectable de acción prolongada (CAB-LA) como una opción adicional de PrEP para personas con riesgo sustancial de adquirir VIH.
En julio de 2025, la OMS recomendó también el Lenacapavir inyectable de acción prolongada, administrado dos veces al año. Su relevancia no radica solamente en disponer de un nuevo medicamento, sino en ampliar las posibilidades de elección.
La evidencia que sustenta esta recomendación es robusta. En el estudio PURPOSE 2, que incluyó hombres cisgénero, mujeres trans, hombres trans y personas de género no binario, se registraron solo dos infecciones entre 2.183 participantes que recibieron Lenacapavir.
La prevención farmacológica comienza así a configurarse como un abanico de alternativas con diferentes frecuencias de administración. Desde una perspectiva de salud pública, esta diversidad es relevante porque una tecnología preventiva será más efectiva cuanto mejor pueda incorporarse a la vida cotidiana de quienes la necesitan.
Una oportunidad para Chile
Esta discusión ya no pertenece al terreno de las posibilidades futuras. En septiembre de 2026, la Organización Panamericana de la Salud anunció un acuerdo para facilitar el acceso al Lenacapavir mediante sus Fondos Rotatorios Regionales. Chile figura entre los países de América Latina y el Caribe que podrán recurrir a este mecanismo, sujeto a los procesos regulatorios y programáticos correspondientes.
No se trata de reemplazar la PrEP oral por formulaciones más nuevas. Una política pública moderna debería mantener las alternativas existentes e incorporar progresivamente opciones de acción prolongada para quienes las prefieran o tengan dificultades para sostener un esquema diario.
Esto hace necesaria la revisión de las orientaciones técnicas y de la guía clínica vinculada al VIH. Las orientaciones chilenas específicas sobre PrEP disponibles en el repositorio de DIPRECE datan de 2019. Desde entonces cambiaron la evidencia científica, las tecnologías disponibles y las recomendaciones internacionales.
Una actualización debería evaluar eficacia, seguridad, costo-efectividad, aceptabilidad y factibilidad presupuestaria, junto con revisar los criterios de acceso, los circuitos diagnósticos, el seguimiento y los sistemas de monitoreo.
De la innovación a una política pública
La disponibilidad de nuevos medicamentos no resolverá por sí sola las brechas de prevención. La innovación farmacológica debe formar parte de un modelo que reduzca las barreras estructurales de acceso.
Esto implica fortalecer la atención primaria, los servicios especializados y las organizaciones comunitarias; descentralizar la entrega de PrEP; ampliar el diagnóstico de VIH e ITS y asegurar información comprensible para que cada persona pueda decidir qué modalidad preventiva se ajusta mejor a sus necesidades.
Las organizaciones comunitarias tienen aquí un papel estratégico. Su experiencia permite llegar a poblaciones que los dispositivos sanitarios tradicionales no siempre logran vincular y acompañar los procesos de prevención, testeo y derivación desde relaciones de mayor proximidad y confianza.
El momento de actualizar la estrategia
Chile no parte desde cero. Existe una red pública de PrEP, experiencia acumulada desde 2019, mayor disponibilidad de test rápido y autotest, organizaciones comunitarias con trayectoria y nuevas tecnologías farmacológicas que amplían las posibilidades preventivas.
La pregunta ya no es si la PrEP funciona. La evidencia es suficientemente clara. La discusión que corresponde abrir es cómo aumentar significativamente su cobertura y qué combinación de modalidades puede llegar a más personas con continuidad y equidad.
Actualizar las orientaciones nacionales, evaluar la incorporación de tecnologías de acción prolongada y construir modelos de implementación junto con las comunidades no constituye una simple modernización farmacológica. Es una decisión de política sanitaria con potencial para modificar el curso de la epidemia.
Chile dio un primer paso al incorporar la PrEP oral en 2019. Siete años después, el escenario es diferente. El siguiente paso debe ser avanzar hacia una política nacional de PrEP más diversa, descentralizada y centrada en las personas. Si queremos reducir sostenidamente las nuevas infecciones por VIH, ampliar las alternativas de prevención farmacológica es una oportunidad que el país no debiera postergar.
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